Una historia real sobre síntomas invisibles, preguntas difíciles y una nueva mirada
Una historia real sobre síntomas invisibles, preguntas difíciles y una nueva mirada
Durante años conviví con síntomas que no tenían una explicación clara: fatiga extrema, dolor muscular generalizado, dolor articular, niebla mental, parestesias, picores, problemas de concentración, intolerancias, alteraciones del sueño, sudoraciones nocturnas, micción frecuente, síntomas neurológicos y una sensación constante de no estar bien, aunque las pruebas “estándar” no terminaran de justificarlo.
Con el paso del tiempo, los diagnósticos que fueron apareciendo en mi historia clínica hablaban de fibromialgia, síndrome de fatiga crónica, sensibilidad química múltiple o disautonomía. Diagnósticos que describían lo que me pasaba, pero que no explicaban por qué me pasaba.
Durante una etapa, a pesar de todo, conseguí bastante estabilidad. Los cambios en el estilo de vida me ayudaron a sostenerme: aprendí a dosificarme, a alimentarme adecuadamente, a escuchar mi cuerpo y a adaptar mi ritmo. No estaba del todo bien, pero estaba relativamente estable y podía hacer una vida bastante normal.
Sin embargo, en 2022 —quizá tras la infección por COVID-19— todo aquello que hasta entonces me había servido dejó de funcionar. El empeoramiento fue progresivo y sostenido, y con él llegaron nuevos síntomas, mayor intensidad y una pérdida clara del equilibrio que había logrado mantener durante años.
Vivir con síntomas invisibles
Lo más difícil de este proceso no fue solo el malestar físico, sino la sensación de estar atrapada en una enfermedad que no se entiende bien. Mis síntomas fluctuaban, cambiaban de intensidad, afectaban tanto al cuerpo como a la mente, y hacían que actividades cotidianas —pensar con claridad, planificar, mantener una conversación o sostener un ritmo de vida normal— se volvieran profundamente agotadoras.
Con el empeoramiento también llegó la incertidumbre. Las pruebas se acumulaban, las visitas médicas se sucedían y las respuestas seguían siendo parciales o insuficientes.
Durante mucho tiempo conviví con la duda:
- ¿Era esto “lo que me había tocado”?
- ¿Una afectación crónica sin causa identificable?
- ¿Algo con lo que solo podía aprender a vivir?
Cuándo surge la pregunta clave
El punto de inflexión no llegó como una revelación repentina, sino como una pregunta distinta. Tras escuchar entrevistas a médicas especialistas en la enfermedad de Lyme que describían con precisión muchos de mis síntomas, decidí explorar una vía que hasta entonces no se había tenido en cuenta.
Solicité pruebas específicas en un laboratorio de Madrid, fuera del circuito habitual. Con los resultados en la mano de borreliosis y coinfecciones, una doctora consideró que existía una base clínica suficiente para iniciar tratamiento. A los pocos días comencé esa nueva etapa.
Por primera vez, se abría la posibilidad de que existiera una causa infecciosa subyacente que pudiera explicar, al menos en parte, el recorrido de los últimos años.
Lyme: la gran imitadora
La enfermedad de Lyme es conocida como “la gran imitadora” porque puede manifestarse con síntomas muy diversos: musculares, neurológicos, cognitivos, autonómicos y también psiquiátricos. En fases persistentes o crónicas, puede parecerse mucho a diagnósticos como la fibromialgia o el síndrome de fatiga crónica.
En mi caso, pruebas especializadas como Tickplex Plus mostraron una respuesta positiva frente a Borrelia (la bacteria responsable del Lyme) y coinfecciones, algo que no suele detectarse con las analíticas convencionales habituales.
Esto no supuso una respuesta inmediata ni una solución mágica, pero sí algo fundamental: por primera vez, había una hipótesis médica coherente que permitía conectar muchos de los síntomas y etapas vividas.
El tratamiento y la incertidumbre
Iniciar tratamiento antibiótico fue un paso importante, pero también complejo. No todas las personas responden igual, y la evolución no siempre es inmediata. En mi caso, el proceso está siendo lento, con fases de tratamiento, descansos y reevaluaciones, y con la sensación —honesta— de que los cambios no siempre son evidentes en el corto plazo.
Más allá de otros diagnósticos
Algo que he aprendido en este camino es que muchos diagnósticos no son necesariamente erróneos, pero sí incompletos. Fibromialgia, síndrome de fatiga crónica o sensibilidad química múltiple describen síndromes reales, pero en algunos casos pueden ser la consecuencia de una causa subyacente no identificada.
Mirar solo el síntoma sin buscar el origen puede dejar a la persona en un limbo terapéutico durante años.
Por qué cuento mi historia
Comparto este recorrido no para dar respuestas universales ni para afirmar que esta sea la explicación de todos los casos, sino para visibilizar una realidad: hay personas que pasan años sin un diagnóstico claro porque ciertas enfermedades siguen siendo poco reconocidas o mal comprendidas.
Si este texto sirve para que alguien se haga preguntas, busque una segunda opinión o se sienta menos sola en su proceso, habrá cumplido su función.
Dónde estoy ahora
Sigo en proceso de tratamiento y seguimiento médico, con pruebas más avanzadas que permiten evaluar la actividad de la bacteria y la respuesta al tratamiento. También aprendiendo a escuchar mi cuerpo, a regular el sistema nervioso y a aceptar que la recuperación —cuando llega— no siempre es lineal.
No tengo todas las respuestas. Pero ahora, al menos, más allá de un diagnóstico, puede haber una causa y, con ella, la posibilidad —ojalá— de un tratamiento eficaz.
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