Poco a poco voy avanzando en mi aprendizaje y mi experiencia plantando cara a los síntomas de mi diagnóstico –fibromialgia-. Al principio de toda esta aventura había dejado de creer que la medicina tradicional iba a poder ayudarme. Había llegado el momento de grabar a fuego una palabra en mi mente: “cambio”. Pues mi camino iba a estar repleto de ellos, aunque cada uno llegaría a su debido momento.

Había leído algunas teorías que afirmaban que los síntomas que yo presentaba se debían a una gran intoxicación interna de mi organismo, y que, por tanto, estaban motivados por unos hábitos alimenticios que generan un gran nivel de toxinas ysobrecargan el hígado. Debía empezar a sustituir el consumo de alimentos procesados, toxinas, y fármacos, por otros, más saludables, que empezaran a limpiar mi organismo. Decidí hacer la prueba.

Empecé a notar cambios. Algunos de los síntomas desaparecieron ya en las primeras semanas. A ese ritmo, en unos cuantos meses podría hacer una vida prácticamente normal. De hecho, había veces en las que pensaba que empezaba a estar bien, porque erróneamente creía que me encontraba bien. Pero cuando las circunstancias me exigían un nivel de rendimiento y estrés que iba más allá de los límites que yo estaba acostumbrada a alcanzar debido a mi enfermedad, me daba de bruces con la realidad y veía claramente que no estaba dándole a mi organismo todas las herramientas que necesitaba para recuperarse, aunque no sabía qué era lo que me estaba dejando en el tintero, ni a quién acudir para pedir ayuda.

Tuve una crisis de dolor que duró apenas una semana, pero gracias a ella encontré una de las piezas que en mi caso concreto no habíamos tenido suficientemente en cuenta. Leí varios libros, casos, testimonios y teorías sobre la intoxicación del organismo, y hablé con personas conocedoras del tema y con distintos puntos de vista. Empecé a llegar a la conclusión de que había dejado de introducir tóxicos en mi organismo a través de la alimentación. Pero: ¿Y los que ya había en él?, ¿los había eliminado? Y por otro lado: ¿Realmente había dejado de introducir tóxicos?

Había leído que la contaminación del organismo produce un mal funcionamiento de los órganos encargados de filtrar y excretar toxinas y ácidos –el hígado, los intestinos, los riñones, y los pulmones-. Pero que nuestro cuerpo no solamente se intoxica a través de lo que ingerimos, sino también por otros factores como el estrés, la falta de nutrientes, y por una incorrecta respiración. Todo ello produce un desequilibrio orgánico, que genera desarreglos y perturbaciones metabólicas y rompe el equilibrio de nuestro medio interno. Al haber una sobrecarga de sustancias tóxicas en nuestro cuerpo, los órganos encargados de la eliminación –el hígado, la linfa, los intestinos, los riñones, y la piel,- no pueden expulsarlas, y nuestro organismo se colapsa y se auto-intoxica, del mismo modo que sucedería con el sistema de tuberías de una casa. En mi caso, una de las primeras dietas que me pusieron, fue una “dieta depurativa del hígado”. Yo no había oído hablar de nada parecido en mi vida, pero la cumplí a rajatabla y, por la razón que fuese, algunos de mis síntomas es cierto que mejoraron, pero no lo suficiente.

Continuando en mi búsqueda, me hablaron de la gran importancia de eliminar los residuos tóxicos que se encuentran en el mismo, donde cualquier tipo de agente patógeno como gérmenes, virus, parásitos, toxinas y el hongo cándida, campan a sus anchas, y que suprime el sistema inmunológico y digestivo causando serios problemas –gases, inflamación, estreñimiento–, y reduciendo la asimilación y metabolismo de nutrientes. Aunque yo estuviera tomando los alimentos y suplementos que mi cuerpo necesitaba, mi organismo no estaba siendo suficientemente nutrido y seguía estando muy intoxicado. No habíamos atajado tampoco mi grave problema de estreñimiento, cuya importancia puede entenderse bastante bien si recordamos la típica norma de “dejen salir antes de entrar”. Pero además, tampoco me habían hablado sobre la importancia de la reactivación y limpieza del sistema linfático, cuya fluidez y buena circulación es también muy importante para la eliminación correcta de los desperdicios celulares que nuestro cuerpo genera. Utilizando el ejemplo de antes, el de la casa, sería comparable con algo tan necesario como sacar la basura cada día.

Mientras trataba de encontrar soluciones a mis dolencias, y de comprender por qué mi organismo seguía estando tan debilitado, escuché a muchas personas. Un día, una de ellas dijo algo que me hizo pensar. Yo ya había estado leyendo a algunos autores sobre el peso que tienen en nuestro cuerpo físico las emociones vividas. Estos autores nos explican que nuestros cuerpos tienen una naturaleza profundamente eléctrica –energética–. Podemos, por ejemplo, pensar en los electroencefalogramas y los electrocardiogramas, que graban la actividad eléctrica del cerebro y del corazón respectivamente. Los mensajes eléctricos fluyen a través de nuestro cuerpo para mantenerlo informado de lo que en él sucede. Esta energía, aunque no podamos verla sin recurrir a aparatos de alta tecnología, nos permite ver, oír, sentir, saborear y oler, y forma un sistema complejo de circuitos que circulan a través de nuestro cuerpo, los meridianos de la medicina tradicional china, en los que se basan técnicas cada vez más utilizadas como la acupuntura. Cada meridiano tiene un trayecto definido y está conectado con un órgano. Si la energía de los circuitos fluye libremente –del mismo modo que sucede con el flujo sanguíneo– nuestro cuerpo estará en equilibrio, pero cuando las emociones –negativas– quedan retenidas, cuando se van repitiendo en el tiempo y no se liberan, se van acumulando en nuestro cuerpo en forma de nudos energéticos que obstaculizan el flujo libre de energía y se manifiestan como tensiones corporales en distintas zonas del mismo, que pueden derivar en dolor físico. Independientemente de llegar a comprender o compartir este tipo de explicaciones, pensé que mi vida no había sido fácil, y que quizás, mi lado emocional podría estar siendo otro gran causante de la continua aparición de contracturas por todo mi cuerpo y en consecuencia, de la presunta intoxicación de mi organismo, pues, como me explicaron, cuando los músculos se contraen, se genera un combustible –el ácido láctico–, que en casos de tensión muscular crónica puede acumularse de manera excesiva afectando al hígado. Sentía que acababa de encontrar otra pieza más del puzle y me propuse avanzar y experimentar también en ese aspecto. Empecé a entender por mí misma que las herramientas que nuestro cuerpo necesita para defenderse y mejorar son varias –y todas ellas necesarias, como las patas de una mesa–, y son complejas, pero todas ellas tienen algo en común: requieren un cambio. Y ese cambio empieza en nuestra consciencia, pues solo si tomamos conciencia de cómo actuamos, podremos cambiar nuestros hábitos y nuestras conductas, para así, poder montar este gran puzle que es la salud.




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