Esta foto la hice en la navidad de 2013. Salí de la farmacia, y mientras esperaba el autobús me puse a mirar esa bolsa llena de medicamentos. Me impactó tanto ver tal volumen de medicación, que le hice una foto. La compartía entre mis amigos bromeando acerca de mi “regalo de Papá Noel”, y diciéndoles que otro año prefería que me trajera carbón. La realidad que escondían tantas cajas de fármacos, a pesar de podérmela tomar con sentido del humor, era realmente abominable.

Hacía unos meses que me habían diagnosticado fibromialgia, y a pesar de llevar años tomando medicación para el dolor, fue en ese momento cuando la cantidad recetada alcanzó el nivel más alto. Con treinta años estaba tomando quince pastillas al día; y lo peor de todo, seguía encontrándome igual de mal y prácticamente con el mismo dolor. Pero ¿Cómo se llega hasta ese punto? ¿Cómo una persona sin una grave lesión física llega a tomar tanta medicación para el dolor? La respuesta desde mi punto de vista, en el caso de la fibromialgia, es simple: porque se desconoce cómo tratar la enfermedad. Conforme aparecen nuevos síntomas, se receta un fármaco más para contrarrestarlo, y así sucesivamente hasta que llegamos a tomar un cóctel de medicamentos que con un poco de suerte nos alivia algún síntoma pero que a la misma vez nos produce otros, y al final, en definitiva, nunca nos encontramos mejor. En mi caso concreto, los aplastamientos vertebrales derivados de un accidente de tráfico, servían para justificar gran parte del dolor; pero había muchos más síntomas que los médicos realmente no lograban entender.

Como os decía, tomaba mucha medicación, pero seguía igual o peor. Me mareaba con facilidad, no podía pensar con claridad, tenía sueño a todas horas, problemas digestivos, me dolía todo el cuerpo, se me dormían las manos, sudaba por las noches, el síndrome de piernas inquietas no me dejaba dormir… En fin, tenía los síntomas de la fibromialgia, pero además, estaba dañando seriamente hígado y riñones con fármacos tan fuertes, y empezaba a darme cuenta de que si había alguna solución a mis dolencias, no la iba a encontrar en los fármacos. Lo consulté con mis médicos, y en seguida dejé de tomarlos. Desde entonces y hasta hoy –un año después- no tomo absolutamente nada de medicación. Y no la tomo porque no la necesito; porque he encontrado otros tratamientos que realmente me ayudan a encontrarme mejor.




El otro día, hablando con un doctor bastante interesado en el tratamiento de la fibromialgia, me recomendó un tratamiento nuevo que está empezando a realizarse y que parece ser que alivia los síntomas. Yo agradecí su interés, pero le comenté que por el momento no estaba interesada en tratamientos médicos porque me había decantado por tratamientos alternativos que me estaban yendo realmente bien. Sé lo que supone hablarle de tratamientos alternativos a un médico, pero también es cierto que me he encontrado casos de médicos que no cierran la puerta a las terapias alternativas. Me pidió mi opinión, y le di mi versión como paciente y como persona que está experimentando y viendo los resultados en ella misma. Es comúnmente sabido que por alguna razón el tratamiento farmacológico en la fibromialgia no funciona bien, al menos, no para todos los síntomas.

Fármacos que tomaba antes

Desde mi punto de vista, y así se lo expuse al médico, todos los casos que conozco de personas con fibromialgia que han mejorado sus síntomas, se han basado en dirigir el tratamiento hacia el equilibrio del organismo, y ha sido cuando han empezado a depurarlo cuando han empezado a notar mejoría. Independientemente de que médicos y terapeutas –o incluso entre los propios terapeutas- puedan estar de acuerdo o no en el razonamiento, a mí, como paciente, lo que me importa es que al razonamiento en cuestión le siga una solución que realmente alivie mis síntomas. Si entender la enfermedad como un desequilibrio físico y emocional nos lleva a una solución, quizás sea porque los síntomas tan diversos y aparentemente inconexos que sufrimos están relacionados con ese desajuste general en el funcionamiento de nuestro organismo. Como le comenté al doctor, sin ánimo de cuestionar el trabajo y el estudio médico, mi propia experiencia me está demostrando que la medicina no encuentra un tratamiento eficiente para esta enfermedad porque no está buscando en el lugar adecuado. De nada le sirve a un enfermo una base científica, sólida y fundada, si se basa en pruebas concretas y en su enfermedad los parámetros no se ven alterados, pero en cambio, vive con un dolor y un cansancio incompatibles con la vida.

Artículos nuevos acerca de los deterioros causados por la fibromialgia y sobre las posibles causas de la enfermedad salen todos los días. Tantos, que parece que la fibromialgia sea una enfermedad que podría causar “de todo” y podría estar producida por “de todo”, pero que cada uno ve desde un prisma distinto y basa en una zona concreta. Si tomamos cada una de esas teorías y las unimos, nos damos cuenta de que efectivamente, la fibromialgia, como desequilibrio funcional, causa precisamente eso, “de todo”, pues un cuerpo intoxicado ve afectados sus órganos, y en consecuencia, todos sus sistemas: muscular, digestivo, nervioso, circulatorio, endocrino, linfático, óseo, respiratorio, urinario y reproductor. Así, si sólo tratamos el sistema óseo, por ejemplo, o el nervioso, o el muscular, estamos omitiendo otros nueve restantes y nunca llegamos a equilibrar todo el organismo en su conjunto, que es, como he dicho antes, lo que, empíricamente, está dando buenos resultados; está devolviendo la salud a las personas, y en definitiva, lo que da soluciones; que es, al fin y al cabo, lo que el paciente necesita.

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