En esta enfermedad –síndrome- sabemos que hay días, muchos, que son realmente malos. Auténticos días de “M”. Días en los que nos duele tanto todo y nos encontramos tan mal, que nos sentimos tan limitados, tan tan pequeños/as, tan poco capaces de afrontar la vida, y tan desanimados/as que empiezan a aparecer en nuestra mente pensamientos y sentimientos muy negativos. Mensajes hacia nosotros/as mismos/as que, lejos de empujarnos hacia la superficie, nos hunden cada vez más y más hacia el fondo.

“¿Por qué a mí? ¿Por qué no puedo tener una vida normal como los demás? Estoy solo/a. Nadie me entiende. No puedo más. Estoy agotado/a. No sirvo para nada. No puedo con la vida. Nunca podré trabajar. Nunca podré hacer todo lo que hacía antes.” ¿Os suenan?

Sentimos rabia, ira, culpa, vergüenza, envidia… y lo hacemos porque somos humanos/as, y sentir forma parte de la vida. Y, ¡qué leches! Porque las estamos pasando canutas.

“Cuando nos sentimos estresados, es una señal de que nuestro cerebro está segregando hormonas del estrés. Si esto es sostenido por meses o años, esas hormonas pueden empeorar nuestra salud y hacernos un manojo de nervios” (Daniel Goleman).

El problema, es que los pensamientos negativos, autodestructivos incluso, nos generan estrés y ansiedad, y estos sentimientos afectan más aún a nuestro estado físico, por lo que, al final, nos encontramos todavía peor. Además, una vez que entramos en ese bucle mental, es difícil salir de ahí, cortar, y dirigir la mente hacia pensamientos positivos, o incluso, a no pensar en nada.

¿Cómo salimos de ese bucle? ¿Qué hacemos para volver a ver la luz? Porque si hay algo sorprendente en estas enfermedades, es la capacidad que tenemos para estar un día completamente destrozados/as y al siguiente, estar como si no hubiera pasado nada, con nuestros dolores, pero con un empuje que ya lo quisiera mi coche. Pero claro, esos días malos, esos días negros, hay que pasarlos, y ese malestar, sin quererlo, nos ha pasado factura. Tenemos entonces que aprender a canalizar esas emociones durante esas crisis, para no ir agravando nuestros síntomas. Qué fácil es decirlo, ¿verdad?

Fijaos que hablo de canalizar, no de reprimir. Tratar de bloquear una emoción no tiene ningún sentido. Al contrario, probablemente una parte de nuestras dolencias se deban a eso, a no haber mandado a tomar por saco a más de uno/a que se lo merecía en su momento, a no habernos permitido llorar cuando lo necesitábamos, o incluso de no reír a carcajadas, gritar y celebrar nuestros buenos momentos, porque cuando hablamos de reprimir, no hablamos solamente de las emociones negativas, sino también de las positivas.

Esa canalización emocional podemos aprenderla con diferentes técnicas: la meditación, la respiración, el taichi, el yoga, la psicoterapia…Pero yo quiero hablarte de ese momento concreto, ese momento negro en el que parece que tengas una tonelada de cemento sobre ti y te asfixias. Ese momento en el que estás triste, desanimado/a, y que no puedes más, y que ves que solo te vienen pensamientos negativos a la cabeza. En ese momento, lo único que tenemos que hacer es ACTUAR. No hace falta ni siquiera que intentemos pensar en positivo, solamente, que nos movamos, que respiremos, que distraigamos la mente, que hagamos cosas. Y con esto, no me refiero a correr una maratón, sino a empezar a HACER. Dar un paseo, tomar el aire, el sol, ver una película que nos guste, escuchar música, jugar con nuestro perro, cantar, escribir… Centrar nuestra mente en lo que estamos haciendo y disfrutar de ello. Nuestros pensamientos negativos seguirán ahí, pero “les bajaremos el volumen” y poco a poco, dejarán de doler tanto. Incluso, llegará un momento en que nos daremos cuenta de que ya hemos dejado de tenerlos. Habremos pasado el bache. Y lo habremos hecho nosotros/as solos/as, porque podemos hacerlo. Y pensaremos: ¡Uff! ¡Qué alivio! ¿Por qué no lo hice antes? Y es que, como dijo William James:

“El gran descubrimiento de mi generación es que los seres humanos pueden cambiar sus vidas al cambiar sus actitudes mentales”.




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