Estos últimos meses de ausencia han sido densos y llenos de cambios. Entre otras novedades en mi vida, me he graduado. Y tengo que decir que compaginar los últimos meses de carrera con los efectos de la desintoxicación del organismo supone un esfuerzo extra. Cuando los órganos están tan saturados debido a los tóxicos acumulados durante prácticamente toda la vida, el proceso de recuperación es lento, y con crisis curativas que nos producen un poco de malestar. Pero estoy contenta. Mi estado de salud ha mejorado muchísimo desde que hace quince años empecé a tener dolor en la espalda. Diez años después fue cuando el nivel de dolor alcanzó su punto más alto llegando a ser insoportable. Quince años después, gracias a llevar una alimentación adecuada para nutrir y limpiar el organismo, a fortalecer el sistema inmune mediante masajes, y a no tomar fármacos, empiezo a encontrarme mucho mejor. No soy asintomática, pero la evolución es muy positiva y poco a poco voy recuperando la vida que hace quince años dejé de tener. Por otro lado, cada vez que se inicia un tratamiento, se incorporan nuevas pautas o se prueba algo nuevo, se necesita un tiempo para poder valorar si resulta efectivo o no y poder compartirlo con los demás. Y es en ese momento en el que me encuentro; estoy analizando al detalle el protocolo que sigo en estos momentos para, en breve, poder compartir mi experiencia con vosotros y vosotras.

De momento, como los factores que intervienen en nuestro proceso de cambio son muchos, y cada uno de ellos tiene su función, quiero hacer referencia a uno muy importante del que ya os he hablado otras veces: la consciencia. Y para ello, os quiero recomendar un libro muy interesante que leí hace tiempo: “Explicando el dolor” de los autores David Butler y Lorimer Moseley, que nos ayuda a entender por qué se produce el dolor crónico y qué mecanismos influyen y modulan la percepción del mismo. Me lo recomendó un fisioterapeuta que lo tenía en su clínica y lo prestaba a los pacientes. Lo leí, y me gustó.

Los autores explican que el dolor es una señal que nuestro cerebro interpreta con la información que recibe de los receptores, y que tiene la misión de alertarnos para evitar un peligro o sufrimiento, pero que diversos factores pueden exagerar la respuesta del sistema nervioso central frente a un estímulo, haciendo que parezca más doloroso de lo que debería  —las situaciones de sensibilización—. Explican el efecto y la influencia de los cambios que se producen en el sistema nervioso autónomo, motor, endocrino e inmune de quien padece dolor, y cómo los pensamientos y creencias influyen en la modulación de nuestro dolor. Así, una correcta y saludable formación de los pacientes en los mecanismos del dolor ayudan a que eliminemos la inseguridad, el miedo, las dudas, y reduzcamos la ansiedad; y todo ello es fundamental para que podamos tomar consciencia de que tenemos un papel activo en el tratamiento de nuestro dolor.

En cuanto al dolor crónico, nos ponen el ejemplo de una orquesta a la hora de explicar cómo funciona nuestro cerebro. Una buena orquesta puede interpretar cualquier melodía, y tiene capacidad para aprender fácilmente otras nuevas. Pero si esa orquesta interpreta la misma melodía una y otra vez, ésta se convierte en automática y resulta cada vez más difícil tocar otra; los músicos se cansan; unos asumen el papel de otros; la melodía es triste; se pierde la creatividad; la audiencia se marcha…. A medida que el dolor se hace crónico, se producen cambios en nuestro cerebro; una sensibilización que también ocasiona cambios en los sistemas simpático y parasimpático y en los sistemas endocrino, inmunitario y motor.

En definitiva, es un libro que me parece interesante para entender  el dolor crónico —que nos afecta de manera diferente al dolor puntual— tanto por parte de los propios pacientes como por parte de las personas de nuestro entorno.

Podéis echarle un vistazo en Scribd.




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