HE CAMINADO SOBRE BRASAS

HE CAMINADO SOBRE BRASAS

Quiero hablaros de una experiencia que me ha demostrado una vez más, lo muy capaces que podemos ser de conseguir algo que aparentemente parece muy difícil, simplemente, porque nuestra mente cree que lo es.  

Hace unas semanas estuve en un seminario-taller de desarrollo personal, y de todas las actividades que hice, quiero hablaros de dos en particular: caminar descalzo/a por un camino de brasas y romper una flecha de madera con la garganta.

Antes de que digáis nada, os diré que no hay nada de “mágico” en ello, sino que es algo que podemos hacer cualquiera de nosotros/as, siempre y cuando realmente decidamos hacerlo, lo hagamos bien  —con un profesional, por supuesto—, y no nos frene el “no” de nuestra mente. Es pura física. Y sí, es curioso, pero no os cuento esto para que vosotros/as también lo hagáis, sino por otra razón.

Había oído hablar de estas técnicas que se practican cada vez más en el coaching, que se conocen como “de alto impacto”, y de las cuales hay mucho escrito en internet, pero yo no las había probado. Y si bien, hablar de esto no es algo nuevo, sí quiero explicaros mi experiencia y qué he aprendido al hacerlo, porque me ha hecho tener una visión muy clara de cómo funciona muchas veces la vida.

Yo había leído sobre estas técnicas, sobre todo, la de caminar sobre brasas, y la había visto en la película “Love Happens” de Jennifer Aniston. Había leído las explicaciones científicas del porqué cuando las realizas no te haces daño, y tenía claro que se realizan porque, en términos generales no conllevan riesgo. Lo que me llamó la atención fue que, a pesar de saber esto, y de saber que mucha gente lo hace, no dejé de sentir un poco de miedo antes de hacerlas.

Cuando te dan la flecha, la tocas, ves que es una flecha de verdad, de madera, como las de la foto, que la punta es redondeada pero es metálica, te tocas el centro de la clavícula y ves que es blando, y que te duele cuando lo presionas, y te dicen que simplemente con la fuerza de tu pecho hacia delante la vas a romper, notas el miedo; te impone respeto esa situación; por mucho que sepas que no va a pasarte nada y haber visto a los profesores hacerlo delante de ti. Y eso es lo que me ha parecido tan interesante de este ejercicio.

Cuanto más miras la flecha y cuanto más te lo piensas, más miedo sientes. Y ves que todos/as a tu alrededor, están igual que tú. Entonces ves que tus compañeros/as empiezan a hacerlo. Ves a gente de diferentes edades, hasta personas con más de setenta años que no es la primera vez que lo hacen; incluso gente con fibromialgia y otras dolencias; y tú dices: “Si ellos pueden, yo también”. Y entonces en lugar de miedo, empiezas a sentir curiosidad, y a sentirte motivado. Venga, quiero hacerlo, piensas. Entonces te colocas en posición, te ponen la flecha en la garganta y la notas ahí apoyada, y notas el miedo otra vez. Pero te concentras, miras al frente, y sin pensártelo, empujas firmemente hacia delante y en cuestión de segundos la flecha se rompe sin hacerte el más mínimo daño. Si lo piensas o si dudas, entonces no consigues romperla.

Después te dicen que vas a caminar por encima de brasas ardiendo. ¿Será en sentido metafórico?, te preguntas. “No. Es real”, te dicen. Y yo, había escuchado que se puede hacer, que tiene una explicación, y que no te quemas, pero cuando salí fuera y vi los carros de carbón ardiendo, y los caminos con brasas, seguía, a pesar de saberlo, pensando en lo increíble que es que no te quemes los pies, porque en ese momento, tu vista y tu mente no te dejan creer eso. En ese momento, me di cuenta, del gran parecido de esa experiencia con la vida real. Por un lado me encontraba con cierto miedo por el hecho de enfrentarme a ese desafío, pero una vez más, vi que otras personas empezaban a hacerlo, y eso me motivó. Si ellos podían, yo también.

Ya había hecho la prueba de la flecha, y tenía ganas de probar esta que me imponía todavía más respeto. La familia, por whatsapp, nos decía: “Estáis locos; no lo hagáis; os váis a quemar; ya veréis luego los pies; que lo hagan los demás”. Y todo esto, sin haberlo visto hacer, ni haberlo probado ellos/as mismos/as. En ese momento, veía claramente cómo en la vida, muchas veces sucede lo mismo. Te encuentras con un objetivo, un reto que quieres cumplir, y que no es una decisión tomada a lo loco, sino que está controlada por profesionales, pero sientes miedo porque no crees que vayas a ser capaz de hacerlo; pero ves a otras personas que lo consiguen, y esto te sirve de motivación y te empuja a hacerlo tú también. Estás decidido/a a ello, y te ves con fuerza; pero entonces recibes estímulos negativos por parte de tu entorno que, con toda su mejor intención de protegerte, te están metiendo miedo; un miedo que tú ya habías sentido, que habías conseguido controlar o que no te afectase, o incluso utilizarlo para eso que tú quieres hacer, y que ahora, si no estás muy seguro de ti mismo/a, es probable que vuelvas a sentir otra vez.

Llegó mi turno, y las brasas estaban recién echadas y por tanto, más calientes que las que ya se habían pisado unas cuantas veces. Me preguntaron si quería ponerme en otra fila, pero yo ya estaba mentalizada y dije que no, que me quedaba en esa. Me descalcé y me puse delante del caminito. “¡Vamos!” dije. Y con paso firme, pensando en “musgo fresco” y mirando al frente, pasé por encima de las brasas sin quemarme lo más mínimo. ¡Qué subidón! A pesar de saber que eso se podía hacer, sentía satisfacción por haber logrado algo que me parecía muy difícil. Y es que, aunque no fuera difícil en realidad, para mi mente sí lo era, y lo consideraba un reto y por tanto, me hacía sentirme orgullosa de mí misma de haberlo logrado. A pesar de la inseguridad o del miedo, el hecho de ver a otras personas hacerlo me había animado a mí también —eso, y la batucada de fondo que también ayudaba—, y a pesar de la gente de afuera diciéndome que no lo hiciera —que después no se creían lo que les contaba hasta que les enseñé el vídeo—, eso no me generó inseguridad, y lo hice, y lo hice bien. Porque si hubiera pisado el camino dubitativa o insegura, sí me habría quemado —de hecho, nadie tuvo que ir a urgencias, pero alguna quemadura sí que hubo—.

¿Qué pretendo al contaros esto?

Pues que nos demos cuenta de cuántos caminos de brasas y cuántas flechas nos encontramos en nuestra vida, y que pensemos en cuántas veces realmente no cruzamos ese camino ni rompemos esa flecha. Que pensemos en cómo puede influir el miedo y la inseguridad en nuestra vida y en nuestras acciones.  Y en cómo a veces, queremos hacer algo, que no lo hemos hecho nunca, y nos da miedo porque lo desconocemos y nuestro sistema de defensa se activa y nos dice que es mejor no hacerlo para evitarnos sufrimiento, y que, sin embargo, si nos mantenemos firmes y centrados/a en nuestro objetivo, miramos al frente y pasamos a la acción sin dudar, podemos llegar a él, y, a lo mejor ni siquiera era difícil, pero nos hará sentirnos muy orgullosos/as de nosotros/as mismos/as.

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¡He vuelto!

Hoy quiero contaros el porqué de mi ausencia desde que hace algo más de cuatro meses hicimos el taller sobre comida sana. Y la respuesta es esta:

 

Que D/Dª. DIANA SALVADOR RODRIGUEZ, con el número de documento , ha obtenido en calificación de APTO en la evaluación de la capacitación profesional para el ejercicio de la profesión de Abogado y cumple con los requisitos para la expedición del Título profesional de Abogado

 

Y porque estoy preparando un regalito para vosotros/as que muy pronto tendréis en el blog:

 

SITUACIÓN LEGAL LABORAL EN LOS SÍNDROMES DE SENSIBILIZACIÓN CENTRAL: Fibromialgia, Síndrome de Fatiga Crónica, Síndrome de Sensibilidad Química Múltiple, Electrohipersensibilidad

 

Sí, ya soy oficialmente abogada y especialista en fibromialgia y demás SSC, y con ello puedo decir que he cumplido un sueño. ¿Y por qué digo que he cumplido un sueño? Pues no por el mero hecho de haber superado una carrera, un máster y un examen de estado, sino por haber cumplido mi objetivo, y digo “mi” y no el objetivo de otros/as, sino el que yo había decidido; y haberlo hecho superando las mil y unas dificultades que se me han ido presentando, y a pesar de mi enfermedad.

Cuando hace siete años decidí estudiar derecho no era el momento más idóneo en absoluto. Mis lesiones y dolencias físicas me habían obligado a dejar mi trabajo, liarme la manta a la cabeza e irme a vivir a otra ciudad a mil kilómetros de distancia donde me había salido otro trabajo con un contrato de seis meses y un sueldo poco menos que justito, y en el cual no me renovaron el contrato pasado ese tiempo. Mi salud pendía de un hilo y no sabía por qué, y mi situación económica había remontado un poco pero mis “obligadas inversiones” buscando una “cura” siempre superaban mis pequeños ingresos. Yo llevaba un tiempo dándole vueltas a lo de volver a la universidad, pero no se lo había comentado a nadie. Un día, mientras comíamos en una pizzería le dije a mi pareja “me gustaría estudiar derecho”; y lo dije sin saber muy bien por qué, y con un poco de reparo; pensando que me diría que no tenía mucho sentido, porque no tenía nada que ver con lo que yo había hecho hasta entonces -estudios de ciencias, deporte…-, y porque lo que yo realmente necesitaba en aquel entonces era un sueldo. Sin embargo, en lugar de todo eso, lo que me dijo fue “y a mí me gustaría que lo hicieses”. Y me quedé tan sorprendida que no sabía ni qué decir. Pensé: “¿así de fácil? ¿no voy a tener que discutir para hacer valer mi idea y poder hacerlo?¿no voy a tener que dar explicaciones de por qué quiero hacerlo?”.

En aquel entonces no sabía aún cómo lo haría, porque con el dinero que tenía solo me llegaba para un semestre y la matrícula; pero yo pensé “bueno, yo empiezo, y ya se verá”. Unos cuantos meses después mi salud empezó a empeorar todavía más y empezaron a lloverme problemas por todas partes. Mi vida era un auténtico caos. Aún así, con un gran esfuerzo yo seguía estudiando. Tuve que pedir dinero a mi familia para poder seguir pagando la universidad, a mi pareja, y hasta me concedieron becas, pero fue posible; el dinero de una parte o  de otra llegaba y yo podía ir superando los cursos. Me vi viviendo de la cama al sofá, con miles de dudas, estudiando básicamente para no volverme loca, y con un dolor enorme en mi cuerpo y en mi alma, porque cuando intentaba imaginarme en un futuro, simplemente no veía nada. Me sentía como una barca agujereada flotando a la deriva esperando a hundirse.

Empecé, no sin esfuerzo, a cambiar mi alimentación, a cambiar mis hábitos, mi forma de ver la vida, de tratar mis emociones, mis pensamientos, y de llevar mi día a día. Al principio tuve días malos, días muy malos y días regulares; hasta que me di cuenta de que también tenía días buenos. Me sentía orgullosa de mí misma y de lo que estaba consiguiendo. Y mi cuerpo lo notaba. Estaba saliendo a flote en todos los sentidos. Y lo estaba haciendo porque había empezado a creer en mí; a dejar de verme como una enferma “que no servía para nada”; a dejar de lamentarme; a no rendirme; a salir de mi área de semiconfort; y a empezar a tomar las riendas de mi vida. Porque cuando adoptas una actitud positiva y valiente ante la vida, todo parece mucho más fácil.

¿Quién me iba a decir a mí que estas vacaciones iba a conducir un coche que no es el mío, por Galicia, por curvas, con lluvia y con niebla? ¿Quién me iba a decir que iba a estar diez días de vacaciones, haciendo excursiones, durmiendo fuera de casa, en colchones duros, blandos, durmiendo pocas horas, pasando muchas horas de viaje en coche, cambios de temperatura, humedad, y que solamente iba a tener dolor de espalda una mañana; que por fin iba a descansar todas las noches; que iba a conseguir vender mi casa; que iba conseguir vivir cerca de Barcelona en un piso que cumpliera lo que yo pedía; que iba a impartir talleres sobre hábitos saludables y desarrollo personal; y que iba a conseguir sacarme un grado y un máster?

Hoy me siento enormemente feliz y agradecida por todo lo que he conseguido y por eso estaba esperando este día para compartirlo con vosotros/as; porque yo no soy ni más fuerte, ni más lista, ni más afortunada que vosotros/as, ni tengo una vida perfecta y libre de problemas. Simplemente he aprendido a creer en mí, en mis capacidades y en mi recuperación; a no rendirme y a ser más positiva, incluso, ante el dolor. A entender que mi cuerpo no es mi enemigo y que hará todo lo posible por hacerme la vida más fácil siempre y cuando yo lo cuide; porque absolutamente de todo lo que me ha pasado en la vida, hasta de lo más terrible, he aprendido algo; y porque si no lo hubiera pasado tan mal, no sería capaz de valorar todo lo que tengo hoy; porque ahora sé que después de la tormenta siempre vuelve a salir el sol. Y porque también sé, que si yo he podido conseguirlo, vosotros/as también podéis; porque todos y cada uno de nosotros/as tenemos mucho más potencial del que imaginamos; porque cuando empiezas, ya no hay quién te pare; y porque sin duda, marca un antes y un después en tu vida.

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Hoy quiero hablaros de una dolencia de la que quería hablar desde hace tiempo. Una dolencia que atormenta a muchos afectados/as de fibromialgia y síndrome de fatiga crónica, y a la que no se le suele prestar mucha atención: La Disfunción temporomandibular, Síndrome disfuncional de la articulación temporomandibular, Síndrome miofacial doloroso por disfunción, Síndrome de Costen, Síndrome Temporomandibular, STM, Artritis de la articulación temporomandibular, o Disfunción de la articulación Témporo-mandibular.

Durante mis dieciséis años de andadura médica tratando de mejorar los síntomas de la fibromialgia, y entre todos esos dolores que padecía -de cabeza, de rodillas, de ojos, de articulaciones, de talones, de huesos…-, había uno que me tenía especialmente desesperada: el dolor en la mandíbula

Un dolor que he padecido durante años, que irradiaba a la cabeza y los oídos, y que me impedía morder un simple bocadillo a veces, y que me hacía ver las estrellas al apoyar la cabeza en la almohada por las noches.

Finalmente uno de los dentistas a los que fui me comentó, así “a ojo”, y sin radiografías ni nada, que era consecuencia de una ortodoncia mal hecha que ahora las arcadas no me encajaran bien, y que por eso ahora tenía tanto dolor en la mandíbula; un dolor, que, “siempre me iba a ir a peor y que cada vez sería más insoportable”; y “dando gracias de poder comer”, me dijo. No mencionó nada acerca del síndrome temporomandibular (ATM), pero sí me comentó que lo que necesitaba era otra ortodoncia, un tratamiento, y una férula, y mucho dinero para ello, claro. Algo que, por un lado, no me podía permitir, y por otro, me sonó tan dramático que me hizo desconfiar acerca de si realmente necesitaba un tratamiento así, y de si sería realmente efectivo o si, por el contrario, sería otro sacadinero más, sumado a los muchos que llevaba. Era un dentista de una franquicia de clínica dental, de esas que te ofrecen una primera visita gratuita, y que, además, era la primera vez que me visitaba. Así que, como no sabía muy bien si era una opinión fiable, decidí esperar.

Como tenía una hernia discal en la columna, los médicos me decían que eran contracturas en el cuello originadas a causa de ello -pero seguían haciéndolo, “a ojo” sin ni siquiera tocarme la mandíbula-. No fue hasta hace un año, que una masajista, el primer día que llegué, me estuvo masajeando el cuello y me dijo: “¡Menuda artrosis que tienes aquí! ¿Has oído hablar del síndrome temporomandibular?”

Fui entonces a un cirujano maxilofacial -dentista-, me miró, me hizo radiografías y me confirmó el diagnóstico de STM.

Empecé a descontracturar la zona con masajes, que son muy dolorosos pero que alivian mucho el dolor; a hacer una serie de ejercicios en casa; y a llevar una férula de descarga por las noches, a veces, incluso, por el día; y el dolor me mejoró muchísimo. También me recomendaron ortodoncia, que he dejado para más adelante.

Lo más sorprendente, indignante y surrealista, es que durante todos esos años ni uno solo de los médicos, traumatólogos, cirujanos, neurólogos, médicos de cabecera, de medicina interna, fisioterapeutas, osteópatas … pensó en mirarme la mandíbula, a pesar de (más…)

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En este blog he hecho referencia en muchas ocasiones a algo que yo he venido experimentando en mí misma en mi recuperación: la gran importancia que el intestino tiene en nuestra enfermedad.

Ahora, no somos solo los pacientes los que nos hemos dado cuenta de esta relación, sino que la ciencia cada vez está más cerca de demostrarlo.

El pasado 27 de junio de este año 2016, la Universidad de Cornell, Estados Unidos, publicó una nota de prensa escrita por Melissa Osgood  (ver nota de prensa) afirmando que sus investigadores habían identificado marcadores biológicos del   (más…)

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Si pienso en cómo definir desde mi propia experiencia lo que se siente, diría que es como sentir que tu cerebro está dormido; como si se apagase durante unos minutos y te resultase imposible pensar, concentrarte, (más…)

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