Sabemos que la fibromialgia es una gran incomprendida. Sabemos que es una enfermedad dura, dolorosa y desesperante. ¿Y ahora qué?

Podemos resignarnos, bajar la cabeza, dejar de mirar al mundo, y dejar de pensar en la multitud de cosas maravillosas que tiene la vida y que vamos a perdernos porque estamos atados/as a esta enfermedad. O podemos negarnos a aceptar que no se puede hacer nada, que no se puede mejorar, que nadie nos va a ayudar, y que moriremos un día con la sensación de no haber vivido. Yo me decanté por la segunda opción.

Yo en esos momentos, solamente tenía un diagnóstico, un tratamiento farmacológico que no me ofrecía calidad de vida, y un libro que explicaba cómo mejorar los síntomas de la fibromialgia a través de la alimentación. Lo leí y tomé muy en serio todo lo que en él se contaba. A las pocas semanas había pasado de tomar quince pastillas diarias, a no tomar ninguna.

Mi organismo estaba intoxicado, y era fundamental limpiarlo. Para eso, tenía que empezar por eliminar de mi dieta una serie de elementos: los lácteos, el azúcar, el gluten, las carnes, las grasas, los fritos, la bollería, los medicamentos innecesarios, las bebidas carbonatadas, el café, el alcohol –aunque yo nunca consumía alcohol-, las hortalizas solanáceas –la patata, el tomate, el pimiento, la berenjena-, y los alimentos con aditivos. ¿Por qué?

La teoría que decidí poner en práctica, parte de la base de que  la fibromialgia se produce como consecuencia de la hiperpermeabilidad intestinal, que va a dar lugar a que a través de nuestro intestino, pasen sustancias de desecho y tóxicos procedentes de los alimentos -posteriormente descubrí que no es la única causa, sino que hay otras más, y deben tratarse también-. Esos tóxicos, acaban llegando a nuestro hígado y nuestros riñones que no los pueden eliminar, y eso hace que se active nuestro sistema inmunitario y tengamos un gran desgaste de vitaminas y una alta producción de sustancias tóxicas, que se nos van acumulando por el organismo dando lugar a lesiones en huesos, músculos y a nivel neuromuscular. Y además, nuestro intestino no va a funcionar como es debido, y no vamos absorber correctamente los nutrientes que necesitamos.

Estuve un mes tomando infusiones y sopas depurativas para potenciar el efecto de la limpieza, y el resultado fue sorprendente. Me encontraba mal porque todos esos elementos que había eliminado de mi dieta, eran una droga para mi organismo. Tenía mareos, dolor de cabeza, visitas al wc cada dos por tres, los sentidos superdesarrollados, cansancio, ansiedad, angustia, sudores. Tenía que ser fuerte y pasar ese trance para empezar a mejorar los síntomas de mi enfermedad.

Después de un mes, ya me encontraba mejor. Mi organismo por fin se había relajado, y podía empezar la dieta de mantenimiento. Debo decir, que utilizo la palabra dieta como sinónima de alimentación. Es decir, yo no estoy a dieta. Yo he aprendido a comer sano.

Cuando empecé mi andadura, mi dieta de mantenimiento seguía las pautas de la alimentación macrobiótica -podéis leer sobre ella en un gran número fuentes-. Y fue en ese momento la primera vez que yo escuché ese nombre.

La alimentación macrobiótica, aunque suene muy espiritual, es simplemente una alimentación sana, que busca el verdadero equilibro entre los alimentos que consumimos. Busca el verdadero significado de “dieta equilibrada”. Reúne los cereales integrales, a poder ser biológicos, y sus derivados –arroz integral, mijo, quinoa, amaranto, trigo sarraceno-, leguminosas, legumbres, algas, sésamo, ciruelas umeboshi, verduras no solanáceas y preferiblemente ecológicas, frutas, y té kukicha, bancha, o de tres años. Admite pescado blanco en pequeñas cantidades, dependiendo de cada caso concreto, y deja completamente fuera los lácteos, el azúcar, las harinas refinadas, y la mayor parte de proteína animal, porque, según afirman los seguidores de esta dieta, son sustancias que roban nuestra fuerza vital y nos mantienen en un constante estado de cansancio físico e intelectual.

Había tomado contacto con la macrobiótica, y no acababa de gustarme. Eran alimentos raros, no sabía combinarlos, echaba de menos los sabores de siempre, y me suponía tener que comer de manera diferente a los demás. Me dolía todo el cuerpo, estaba cansada, y no tenía fuerzas para pasarme horas y horas en la cocina haciendo nuevas recetas. Se me estaba haciendo muy cuesta arriba, pero en ningún momento me planteé dejar la alimentación. Tenía delante de mí una oportunidad de recuperar mi vida, y no pensaba desperdiciarla.

Fueron pasando los días, las semanas, y los meses, y yo seguía con mi lucha personal. No disfrutaba comiendo pero empezaba a encontrarme mejor. Ya no tenía sudores por las noches, no se me dormían las manos, no tenía piernas inquietas, mi estreñimiento había mejorado muchísimo, y me notaba con más energía y mejor estado de ánimo. El hecho de verme mejor, me hacía ser más optimista y tener más ganas de seguir luchando. Empezaba a ver que podía tener un futuro. Empecé a ver la macrobiótica como mi amiga, en lugar de mi enemiga, y empecé a investigar en la cocina. Poco a poco fui descubriendo combinaciones que además de sentarme bien, me gustaban. Descubrí que una alimentación sana brinda muchísimas posibilidades y, aunque actualmente no es estrictamente la alimentación que sigo, mis pautas alimentarias tienen mucho en común con ella. Al fin y al cabo, cada persona tiene que experimentar consigo misma y encontrar qué alimentos -dentro de unas bases aptas- le sientan mejor. 

Si queremos encontrar excusas para no hacer algo, las vamos a encontrar. Si antes de intentarlo pensamos en lo difícil que va a ser, en que no va a salir bien, en que va a ser caro, entonces es que en el fondo no queremos hacerlo. Si de verdad queremos hacerlo, lo vamos a hacer.

Se dice que la alimentación sana es muy cara. En mi caso en cambio, el gasto de mi lista de la compra mensual es menor que cuando comía alimentos menos sanos. ¿Por qué? Pues muy sencillo, porque a lo mejor algunos de los alimentos que introducimos en nuestra nueva dieta tienen un coste un poco más elevado por el hecho de ser de mayor calidad, pero dejamos de comprar muchas otras cosas que no nos aportan nutrientes –bebidas carbónicas, zumos artificiales, bollería, dulces, snacks, alcohol, carnes, embutidos, quesos, lácteos, y un largo etcétera-, porque además, cuando quieres darte cuenta, tienes en casa tropecientos tipos de galletas, tres clases de leche, varias clases de pan, zumos de no sé cuántos sabores, aperitivos de todas las variedades habidas y por haber, bollería con chocolate, sin chocolate, con crema, con cabello de ángel, etc. y al final, si nos ponemos a sumar, tenemos más stock que el propio supermercado. Pero además, por si fuera poco, debemos tener en cuenta también el dinero que nos ahorramos en fármacos. Yo gastaba al mes ciento cincuenta euros en medicinas. Ahora, ese dinero me lo ahorro y además mi organismo está mucho más limpio y sano.

Os animo a descubrir los beneficios de una alimentación limpia, beneficiosa, que a mí me está ayudando, que no es incompatible con el placer del paladar, y que poco a poco os voy a ir mostrando en este blog.




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